Si existiera mas suavidad en este canto sin alas al que los acojinados mármoles de márfil fecundo retienen sin dejar escapar en un sonido sordo, tal vez la armonía estival volverií a levantarse de su cama matinalmente blanca y vigilada por el sol.
El ventanal claro sería el umbral perfecto que reniega audazmente y con claro sentido, de la perfección.La ventana comprensivamente alzada daría directamente la cara al mundo de la comprensión de un orden mundial, no aparente, sino universalmente calmo y estrepitoso a la vez. Porque el ímpetu es constante y la lánguidez también, tal vez por eso no se dejan ver, y se reducen a manos temblorosas; ni recostadas ni capaces de enfrentar a ese blanco más infinito que el negro constante, no por tamaño, sino por altivez e impactos de lluvias que atardecen el el oído. Y el miedo constante, y los suspiros retenidos en los pequeños martillos, tambien ofuscados, se materializa muchas veces en vapores soñolientos de las ventanas asombradas por las noches, sin saber por qué son motivo de existencia en almas ya tan atormentadas o adormecidas por simbolos casi por si solos hermosos, pero que no encuentran la belleza si no están del aire, las manos, los cuerpos o la misma alma acompañados. Es el mismo vapor que disuelve el llanto entre las calles desmembrando los estados de ánimo y las melancolías meridionales, que nace de los mismos deseos fecundos que provocan la felicidad verdadera.Son vapores, por lo efímero, lo fugaz, lo intangile...pero no viento ni aire o tantos otros semejantes, porque aunque el vapor es una realidad natural, como tantas, se diferencia de lo común, lo incomprensiblemente fugaz o intermitente, por el calor que lo recubre y aún más por el mismo calor que es la mística real que lo produce.
El ventanal claro sería el umbral perfecto que reniega audazmente y con claro sentido, de la perfección.La ventana comprensivamente alzada daría directamente la cara al mundo de la comprensión de un orden mundial, no aparente, sino universalmente calmo y estrepitoso a la vez. Porque el ímpetu es constante y la lánguidez también, tal vez por eso no se dejan ver, y se reducen a manos temblorosas; ni recostadas ni capaces de enfrentar a ese blanco más infinito que el negro constante, no por tamaño, sino por altivez e impactos de lluvias que atardecen el el oído. Y el miedo constante, y los suspiros retenidos en los pequeños martillos, tambien ofuscados, se materializa muchas veces en vapores soñolientos de las ventanas asombradas por las noches, sin saber por qué son motivo de existencia en almas ya tan atormentadas o adormecidas por simbolos casi por si solos hermosos, pero que no encuentran la belleza si no están del aire, las manos, los cuerpos o la misma alma acompañados. Es el mismo vapor que disuelve el llanto entre las calles desmembrando los estados de ánimo y las melancolías meridionales, que nace de los mismos deseos fecundos que provocan la felicidad verdadera.Son vapores, por lo efímero, lo fugaz, lo intangile...pero no viento ni aire o tantos otros semejantes, porque aunque el vapor es una realidad natural, como tantas, se diferencia de lo común, lo incomprensiblemente fugaz o intermitente, por el calor que lo recubre y aún más por el mismo calor que es la mística real que lo produce.